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domingo, 14 de febrero de 2016

Nunca había creído en la magia

Me gustaría usarlo como prólogo de algo, pero ya se verá.
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Nunca había creído en la magia. ¿Quién pensaría que algo así podría existir? Pensaba que eran solo cuentos de hadas, historias inventadas, fantasías para evadirnos de la realidad al leer un libro o ver una película.

Nunca había creído en la magia, aunque siempre me había gustado. Disfrutaba de las novelas en la que un mago con gorro puntiagudo y varita luchaba contra el dragón que atormentaba a una ciudad en el Medievo. O lo domaba. O lo convertía en un patito de goma; qué más daba.

Nunca había creído en la magia. A pesar de ello, yo mismo fantaseaba con ella de vez en cuando. Alguna vez escribí un relato sobre un mundo en que las personas podían controlar los elementos. Pero únicamente era ficción. Algo que sólo existía en mi mente.

Nunca había creído en la magia, ni en las grandes maravillas que con ella se pueden formar, ni en las terribles consecuencias que puede conllevar, ni en las vidas que puede salvar, ni en aquellas que puede condenar.

Nunca había creído en la magia. Elfos, troles, fénix, unicornios, hadas, duendes, goblins, banshees, sirenas, dragones, minotauros, dríades, gigantes, cíclopes, basiliscos, licántropos, arpías, vampiros, mantícoras, trasgos, ángeles, demonios e, incluso, dioses no eran para mí nada más que seres mitológicos, inexistentes, creados por los antiguos para explicar cosas que no comprendían.

Nunca había creído en la magia. Y, sin embargo, ahí estaba. En todas partes. Fluyendo en el aire, en los ríos, en las hojas que caen de los árboles. Dentro de cada ardilla huidiza, en todos los gorriones que hayas visto o vayas a ver nunca. Estaba por doquier. Estaba en mí.

Nunca había creído en la magia. Hasta que no pude negarla.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Relato: Una casona solitaria

Buenas, tinteros.
Hoy os traigo un relato que escribí ayer durante el taller de escritura Vuelapluma, justo antes de la reunión de La Madriguera Literaria. El ejercicio consistía en escribir un relato en 15 minutos con la única condición de que aparecieran las palabras brazo, marca, miedo, clandestino y campestre. Y este fue mi resultado:



Era un ambiente campestre. Una casona solitaria se alzaba en medio de un campo de trigo que llegaba hasta el horizonte. Si la vieras desde fuera, quizás pensaras que era la finca de un granjero que iba a tener mucho trabajo en la época de cosecha. Quizás creyeses que ahí vivía una familia a la que le agradaba la soledad. Pero no era nada tan sencillo. Ojalá lo fuera.
La primera evidencia de que era algo diferente la observabas en el camino, demasiado transitado para estar tan alejado de ningún lugar. La podías notar en las profundas ojeras de los caminantes, marca inconfundible del largo camino que habían recorrido. Se notaba en la expresión de miedo de los adultos y en el silencio de los niños.
Un hombre llevaba el brazo derecho en cabestrillo; una anciana caminaba lastimosamente, cojeando y renqueando; una mujer sostenía en sus brazos el cuerpo inerte de una criatura de no más de medio año. Pero nadie le decía nada. ¿Quién podría reprochárselo? Todos habían dejado mucho atrás, y comprendían el intento desesperado de aferrarse a aquello que se fue.
Todos habían perdido. Todos habían sufrido. Ellos eran clandestinos que buscaban refugio en una casona solitaria. Eran fugitivos; eran víctimas de una guerra que ya duraba demasiado.


¿Os gusta? ¡Decidme algo!

martes, 4 de marzo de 2014

Relato: De un ratoncito desconocido (Pablo Calvo)

Hola a todos. ¿Me echabais de menos? Sé que no, pero bueno... ¡Aquí estoy de nuevo con un relato que he escrito! Se llama "De un ratoncito desconocido", y espero que os guste ^^

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Era 1928. De hecho, era el 1 de enero de 1928. Esta es la historia de Michael, un ratoncito que vivía en Nueva York, dentro de una biblioteca. Le encantaba leer, pero, cuando empezó el año, se dio cuenta de que necesitaba un cambio. Un gran cambio.
Empaquetó sus escasas pertenencias y, cuando estaba saliendo, se tropezó con su mejor amigo, Marc.
-Marc, me marcho –dijo Michael.
Marc lo miró y vio en sus ojos que decía la verdad.
-¿D-De verdad? Pero, ¿qué vas a hacer? ¿A dónde vas a ir?
Marc parecía realmente preocupado por él.
-Mi sueño es ir a París y visitar la ciudad.
Michael había leído muchos libros de la biblioteca sobre París y lo que vio en las fotos le pareció precioso y asombroso.
-Espero que lo consigas.
-Gracias, Marc. Adiós.
-Suerte.
Ambos tenían lágrimas en los ojos. Es por eso por lo que Michael no quería verlo antes de irse. Michael odiaba las despedidas. Se abrazaron. Entonces, Michael se alejó por la calle, esquivando los pies de la gente. Y llorando.

Michael había estado los dos últimos meses buscando un barco o un avión para ir a París. Desde que se enteró de que no podría ir a pie, había recorrido toda Nueva York intentando coger algo, pero, cuando encontró un avión y se subió, un hombre lo tiró fuera mientras su mujer gritaba.
Casi se había rendido. Estaba pensando en volver a la biblioteca, con Marc, cuando, el 7 de marzo, conoció a una persona muy especial.
Estaba en Wall Street, escuchando lo que la gente decía, cuando un hombre se sentó a su lado. Michael lo miró y el hombre le devolvió la mirada. El humano no gritó. No se movió diciendo “Qué ciudad más sucia; hay ratones por todas partes” o algo por el estilo. No, simplemente mantuvo su mirada en el ratón.
-Hola, ¿qué tal? –le dijo a Michael.
¿De verdad me está hablando a mí?
Michael no estaba muy seguro hasta que el hombre lo acarició.
-¿Sabes? Eres la primera persona que me habla.
El hombre saltó.
-¡A-Acabas de hablar!
-Lo sé.
-No sabía que los ratones hablaban –dijo, con un tono entre incrédulo y asustado.
-No soléis pararos a escucharnos –explicó Michael.
-Eso es verdad… Y… ¿cuál es tu nombre?
-Soy Michael, pero puedes llamarme Mickey.
-Mickey, el ratón… Encantado de conocerte. Me llamo Disney, Walt Disney.

Y así es como Walt Disney conoció a Mickey Mouse. Decidió llevárselo a California, donde vivía con su mujer Lillian, y Michael aceptó. Cuando se lo presentó a Lillian, ella, a pesar de mostrarse un poco reticente por tener un ratón en casa, lo aceptó. Le expuso su intención de hacer de él un dibujo animado y el pequeño ratón no pudo sino sentirse honrado. Iba en dirección contraria a su preciada París, pero se dirigía hacia algo mucho mejor.
En el tren, camino de California, Disney propuso cambiarle en nombre a la hora de mostrarlo al público por Mortimer, pero su mujer le pidió que le dejara el nombre de Mickey y así se quedó.
Nada más llegar a su casa, Walt se puso a trabajar en su nuevo proyecto para superar el parón provocado por la pérdida de los derechos de Oswald, su anterior personaje de dibujos animados. No quiso dejar que Mickey viera el corto en el que estaba trabajando, para que fuera una sorpresa.
Finalmente, dos meses después, se estrenó el cortometraje Plane Crazy. Disney se llevó escondido al auténtico Mickey al estreno para que viera el trabajo que había hecho basándose en él. El ratón lo observó divertido, pero, a mitad de la proyección, dejó de mostrarse feliz. Más tarde, Dinsey le pidió la opinión:
-¿Qué te ha parecido?
-¿Que qué me ha parecido? Pues ha empezado bien. Era divertido. Hasta que he obligado a… ¿Cómo habías llamado a mi pareja en el corto? ¿Minnie? Pues has que he obligado a Minnie a besarme. ¡Yo nunca haría algo así!
-P-Pero…
Michael estaba enfadado. Había dado una imagen suya que no le gustaba en absoluto. Sin embargo, no pudo estar mucho tiempo así, en parte porque era su amigo; en parte porque vivía en su casa y era el que le daba de comer.
Disney comprendió que le había herido y, en el siguiente corto, Steamboat Willie, decidió no poner nada que pudiera ofenderlo. Éste se estrenó en noviembre y dio a Disney un éxito asombroso. Desde entonces, Walt y Mickey se volvieron inseparables y el hombre siguió haciendo cortos del ratón, los cuales fueron muy famosos y dieron la vuelta al mundo. Cada vez más niños y no tan niños disfrutaban de las aventuras de Mickey Mouse.

Y ésta ha sido la historia de cómo un ratoncito poco importante llegó a ser inmortal gracias a un hombre… un tal Walt Disney.

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¿Os ha gustado? Es que... quería algo diferente. Comentad, por favor :3

domingo, 29 de septiembre de 2013

Relato: Fan-Fic Los Juegos del Hambre (Pablo Calvo)

Aquí os dejo el Fan-Fiction que he escrito para el concurso de Lou.

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Abro los ojos. He tenido un sueño agitado, pero no recuerdo sobre qué trataba. Me levanto de la cama y olfateo el aire. Qué extraño, hoy parece que mamá no está haciendo los dulces para…
De pronto, recuerdo por qué no los está haciendo. Hoy es el día de la Cosecha. Me da un escalofrío. Cada año se celebra este día. Bueno, digo “se celebra” por decir algo. En este día, todos los que tenemos entre doce y dieciocho años estamos atemorizados ante la posibilidad de que seamos nosotros los que salgamos en ese trozo de papel.
Salgo de la habitación. Mi hermana Melissa está sentada en una silla de mimbre, junto a la mesa. Está dándole vueltas al contenido de su taza, que se mantiene intacto. Normal que no tenga hambre. Yo misma tengo un nudo en el estómago.
Mamá nos mira a las dos con una sonrisa que pretende parecer optimista, pero que no oculta la preocupación que siente. Si hoy fuera un día normal, estaría ya abriendo la tienda, y la casa –que está pegada a la tienda- olería a dulces y a canela. Pero hoy no es un día normal, así que la tienda está cerrada, y la casa parece más deprimente.
Papá supongo que está en las minas. Él no se puede permitir faltar un día al trabajo. El distrito entero depende de las producciones de carbón y, a pesar de que no va del todo mal, se nota cuando alguien falta. O eso es lo que nos dijo ayer, cuando nos anunció que no podría ir a la selección de tributos; pero yo lo conozco y sé que no va por temor a que seamos escogidas una de las dos. Supongo que no es un hombre tan duro como dice la gente.
Tras un largo rato de un silencio incómodo, mamá intenta decir algo, pero sólo le salen balbuceos, así que deja de hablar y se sienta. Yo me siento también, ya que no tengo ninguna gana de desayunar.
No mucho después, salimos las tres de casa cogidas de la mano. Tanto Melissa como yo estamos aterrorizadas, al igual que el año pasado y el anterior. Sé que las posibilidades de que salgamos alguna de las dos son muy reducidas -nuestra situación económica es medianamente estable, así que sólo pedimos una tesela cada una-, pero siempre existe el temor a que esa ínfima posibilidad se haga realidad.
Al llegar, mamá nos suelta y nosotras nos dirigimos a la zona de las chicas. No sé por qué, el día de la Cosecha nos separan en chicos y chicas antes de hacer la elección. Las más pequeñas están llorando, pero las mayores se mantienen impasibles. Ya han pasado por bastantes Cosechas y nunca les ha pasado nada. ¿Por qué les iba a tocar ahora?
Cuando ya estamos todos los niños donde nos corresponde, una mujer menuda y muy maquillada sube a una plataforma elevada puesta específicamente para la ocasión. Tiene el pelo rizado a lo afro.
Detrás de ella hay dos sillas. En la primera se sienta el alcalde, un señor rechoncho y escaso de pelo, aunque de sonrisa amable. No lo conozco personalmente, pero parece muy buena persona.
La segunda, probablemente, será la de la mujer que va a hablar. Debería haber más sillas, ocupadas por los mentores del Distrito 12; es decir, los antiguos ganadores. Sólo un tributo de nuestro distrito ha ganado alguna vez los Juegos, pero murió hace un par de años. En mi primera Cosecha sí que estaba, aunque no recuerdo prácticamente nada de él.
-Ejem… -carraspea- ¡Damas y caballeros! Me llamo Tiffany Trinket y seré la escolta de los Tributos hasta el Capitolio.
Se hace el silencio en la plaza. Unas enormes pantallas retransmiten lo que ocurre en el escenario para los que están más alejados. El alcalde Undersee se levanta de su silla y se adelanta unos pasos. Comienza a pronunciar el mismo discurso de cada año.
Empieza diciendo el origen de Panem a partir de un lugar llamado Norteamérica y tras una serie de catástrofes naturales. Después, explica la convivencia de los trece distritos con el Capitolio, hasta los Días Oscuros, cuando los distritos se revelaron y el Capitolio ganó. El Distrito 13 quedó arrasado y se impusieron los Juegos del Hambre.
Cuando acaba, le vuelve a ceder la palabra a la señora Trinket, la cual pone una sonrisa de oreja a oreja, en un vano intento de alegrar un poco a todos.
-Hoy elegiremos a los Tributos que irán a la Arena en los Quincuagésimos Juegos del Hambre. ¡Que la suerte esté siempre, siempre de vuestra parte!
Cuando se dirige a la urna de las chicas, abrazo a mi hermana y a mi mejor amiga, Lily. Esperamos con temor el nombre que está escrito en el trozo de papel que esa tal Tiffany ha sacado de la urna. Desdobla el papel y lee en voz alta:
-¡Gwendolyn Tosley! –grita, con su voz chillona. Una chica a la que no conozco empieza a llorar desconsoladamente mientras sube a la plataforma.
Suelto un suspiro de alivio. Melissa y yo nos relajamos un poco, pero mi amiga sigue en tensión. Supongo que no querrá que salga elegido su novio, Robert Everdeen. Según ella misma nos había contado, se había enamorado de él en cuanto lo vio entrar a la tienda de su madre. Les solía llevar hierbas medicinales.
Inmersa en mis pensamientos, no llego a escuchar el nombre masculino, pero veo subir a un chico moreno de ojos almendrados. Suele venir a la tienda a comprar dulces para su madre, pero no sé cómo se llama. Vuelvo a centrar mi atención en Tiffany, quien ha vuelto a hablar.
-Ahora, continuaremos con el siguiente Tributo…
«¿Otro Tributo? No puede ser» -pienso, desconsolada. ¡No puede haber tres Tributos!
-¿Por qué hay tres Tributos? –pregunta Melissa en un susurro.
-Es el segundo Vasallaje de los Veinticinco. Este año hay el doble de Tributos por Distrito –responde una chica de unos dieciséis años, la cual está delante de nosotras-. Lo dijeron por televisión, ¿no lo visteis?
A mi memoria acuden recuerdos de los últimos días, en los que tanto mi madre como mi padre nos impiden ver la televisión cuando aparece algo relacionado con los Juegos. Quizás no querían que nos preocupásemos más de lo estrictamente necesario.
De repente, noto que se hace un silencio sepulcral. Tanto Melissa como Lily me abrazan más fuerte. No sé qué ha pasado.
-Vamos, Maysilee, querida. Sube, que no pasa nada –oigo la voz de Trinket.
Un momento. ¿Maysilee? ¿Realmente me ha llamado a mí?
Las lágrimas que no paran de salir de los ojos de Melissa, de Lily y de mi madre me lo confirman. Algo temblorosa salgo del abrazo en el que me encontraba presa y me dirijo, tambaleante, hacia el escenario.  Oigo un grito de dolor con una voz masculina. Vaya, parece que mi padre sí que podía dejar la mina.
Tiffany me saluda y me felicita. Como si lo que me acaba de pasar fuera algo bueno. Pide voluntarios. Obviamente, no los hay. Según las normas de los Juegos, alguien se puede presentar voluntario para sustituir al tributo elegido, pero, en el Distrito 12, hace años que no hay ninguno. Normal. ¿Quién querría ir a la Arena voluntariamente?
Me pongo junto con los otros dos tributos y observo a Tiffany mientras hurga en la urna masculina. Saca un papel. Lee el nombre con alegría, como quien dice quién ha ganado una rifa.
-¡Haymitch Abernathy! -proclama.
Observo a la multitud, buscando a ese tal Haymitch. No lo conozco, pero, aún así, espero que no tengamos que matarnos el uno al otro.
Pensar en los Juegos hace que me duela la cabeza.
A partir de ahí, todo pasa de forma rápida y confusa. Sé que me despido de Melissa, de mis padres y de Lily. Que los cuatro están llorando. Sé que, después, subimos a un tren con Tiffany.
Al parecer, los otros tributos se conocen, así que se separan de nosotros. Haymitch y yo nos dedicamos a hablar con Tiffany para pedirle consejo, pero ella no tiene ni idea de lo que podríamos hacer en los Juegos. De eso debería encargarse el antiguo ganador, pero, como murió, no tenemos a nadie que nos explique cómo actuar en la Arena.
Cuando llegamos al Capitolio, vamos a una especie de hotel. Creo que está hecho específicamente para los tributos. Hay una ceremonia de apertura, para la que nos visten con trajes absurdos, a mi parecer. En ella, nos presentan a los cuarenta y ocho tributos, y habla el presidente Snow. Nos da la bienvenida al Capitolio y a los Juegos y nos desea buena suerte.
*****
Los siguientes días son de entrenamiento. Tenemos varias cosas en una sala y podemos practicar nuestras habilidades. Hay puestos de tiro con arco, sacos de boxeo, mesas donde practicar nudos... Yo no sé si soy buena en algo, pero creo que no. Tengo buena puntería, pero nunca he cogido un arco.
Aún así, me dirijo al lugar donde están. No será tan difícil. Cojo uno de madera y una flecha. Apoyo la flecha en una rendija del arco y estiro la cuerda. La suelto y la flecha cae al suelo. Definitivamente, el tiro con arco no es mi fuerte.
Hay tributos que demuestran su habilidad con la espada, otros que hacen circuitos hábilmente, uno está... ¿cocinando? Busco con la mirada a Haymitch. Está probando suerte con el saco de boxeo. Parece que es muy fuerte.
Tras unos días, tenemos que hacer la prueba en las que nos puntúan. Nuestro distrito es el último. Entro y han dispuesto una diana, un arco y un carcaj de flechas. He estado practicando y ya lo domino un poco más.
La primera flecha va con poca fuerza, por lo que no llega a la diana. La segunda la lanzo un poco más fuerte y, esta vez, sí que llega. Se clava justo en el centro. Tiro otra flecha. Da en un lado de la diana, no muy alejado del centro.
En total, he tirado siete flechas. Dos se han clavado en el centro, otra en la diana (aunque no en el centro) y las otras no han llegado. Me sigue faltando fuerza.
Cuando, al día siguiente, anuncian las puntuaciones, no me sorprende que me hayan dado un 5. A Haymitch le han dado un 10, aunque no tengo ni idea de lo que hizo. Los otros tributos de mi distrito tienen un 7 y un 6.
Hay un tributo del Distrito 2 que tiene una puntuación de 11. Es casi la máxima nota.
*****
Hoy empiezan los Juegos. Apenas he podido dormir por el miedo y los nervios. Anoche tuvimos las entrevistas con Caesar Flickermann, como es ya tradición. Yo respondí a todo lo que pude con monosílabos, rezando porque acabara pronto. Haymitch me sorprendió, ya que desafió abiertamente al Capitolio, calificando los Juegos como estúpidos. Seguro que al presidente Snow no le gustó. Ese hombre da miedo.
Vuelvo a la realidad. Una realidad que hace daño. Hoy empieza lo que, seguramente, será el principio de mi fin. Y del de otros 46 tributos.
Sumida en mis pensamientos catastrofistas, apenas soy consciente de que me llevan a un ascensor cilíndrico y transparente, que vagamente recuerdo de Juegos anteriores.
 Dentro del cilindro, oigo un ruido y empiezo a ascender. Suspiro. Realmente tengo mucho miedo, pero consigo sobreponerme y abro los ojos. Delante de mí, una extensa pradera verde sigue hasta el infinito. Hay flores hermosas a los pies de los árboles que forman un bosque frondoso y, a la vez, precioso. Enfoco la vista y veo otros  47 tubos. En cada uno hay un tributo.
Hay un poco de todo. Chicos musculosos con cara confiada, chicas con ojos llorosos y lágrimas en las mejillas, y más de uno tiembla con una hoja. Todos están contemplando la hondonada. Parece que el verde atrae la vista de todo el mundo. Tanto que la cuenta atrás finaliza y nadie se inmuta. Bueno, realmente alguien sí que ha echado a correr. Veo que es Haymitch, el cual coge algo –no logro ver qué- y sale corriendo.
Lo imito rápidamente y corro hacia el centro. Agarro lo primero que encuentro y voy precipitadamente hacia el bosquecillo donde también se ha escondido Haymitch. Él parece saber qué hacer, así que quizás sea una buena idea seguirlo y ver cómo se desarrollan los acontecimientos.
Pero antes de ponerme a buscarlo escalo a un árbol –¡No sabía que podía trepar tan rápido!- y abro la bolsa que he conseguido llevarme antes siquiera de que los otros tributos se dieran cuenta de que las bombas ya se habían desactivado.
En su interior hay más de una cosa que me podrá servir. De buenas a primeras, hay un cuenco y un poco de ternera seca. Con eso podré comer los primeros días, pero no me durará mucho. Debajo, hallo un tubo largo. No sé lo que es ni para qué me podría servir… Espera, hay más cosas. Al fondo, entreveo unos dardos. Quizás el tubo sea una cerbatana. Espero poderle sacar utilidad, tanto para cazar animales para comer, como para matar a algún otro tributo.
Ese pensamiento me recorre la médula con un escalofrío. Lo he pensado muy fríamente, como si, en vez de matar a una persona, estuviera pensando en vender uno de los pasteles de mi madre. Esto me hace pensar en mi familia. ¿Qué estarán haciendo ahora? ¿Me estarán viendo?
Pum.
Estaba tan concentrada en el inventario y en mis pensamientos que no había oído hasta ahora los cañonazos. Cada uno señala la muerte de un tributo en la Arena. En la Cornucopia habrán muerto muchos de ellos. Quizás la mitad. Quizás menos. O quizás más.
Pum.
Otro cañonazo. Me pregunto si será uno de los tributos de mi distrito; si será Haymitch. Un ruido cercano me hace ponerme alerta, y me encojo, con la esperanza de que quien –o lo que- quiera que haya allá abajo no se dé cuenta de mi existencia. Afortunadamente, el ruido pasa de largo y me vuelve a dejar sola.
Mientras espero a que mis pulsaciones retomen su pulso normal, observo el suelo. Unas flores aromáticas lo recubren casi completamente. Las hay de muchísimos colores. Hay más que en los glaseados de mi madre. De nuevo pienso en ellas. Y en papá. ¡Con lo afectado que estaba!
Espera… ¿Por qué no estoy afectada yo? Ahora mismo debería haberme derrumbado. Por eso de que, muy probablemente, de aquí a unos días ya haya sucumbido frente al hacha o a la navaja de algún tributo con ansias de ganar los Juegos. Y, sin embargo, yo estoy tranquila mientras pienso en que me pueden matar de un momento a otro.
Al cabo de un rato, me decido a bajar del árbol. Sigo unas huellas de animal hasta que me topo con su cadáver. A su lado, hay una flor grande un poco mordisqueada. Al parecer, las flores no son tan inofensivas como parecen. Me acerco un poco más a la planta y veo un líquido viscoso y muy claro; probablemente, sea venenoso.
Se me ocurre una idea y, tras buscar indicios de que alguien me observe, saco los dardos de la bolsa y empiezo a mojarlos en el veneno. De los doce que hay, dejo cuatro sin esa sustancia. Esos los usaré para cazar, ya que no me fío de comer carne envenenada. Es muy posible que a mí me afecte si la ingiero.
Para cuando cae la noche, he encontrado un árbol con las ramas lo bastante gruesas como para tumbarme en ellas. Por suerte, soy bastante delgada, así que no corro peligro de que se desquebraje bajo mi peso. Antes de subir apuro el agua que llevo en el cuenco. La he cogido de un riachuelo cercano, del cual ha bebido una especie de tejón al que no le ha ocurrido nada.
Trepo a la rama y tomo un poco de la carne. No está cruda, pero, al estar fría, cuesta un poco de tragar. Sin embargo, a mí me sabe deliciosa, después de un día agotador sin probar bocado.
Me acurruco, ya que no tengo nada con lo que taparme. No hace mucho frío, pero sí que hay algo de viento, el cual mece mi cabello rubio. Cuando ya es noche cerrada, en el cielo sale el símbolo del capitolio y, tras ello, empiezan a aparecer caras y nombres.
Aparecen por orden de distrito: primero una de las chicas del Distrito 1, un chico del Distrito 2, los dos chicos del Distrito 4, un chico y dos chicas del 5, una chica y los dos chicos del 6, las dos chicas del 7, los chicos del 8, tres del 9 y, al parecer, todos los tributos del 11.
Ahora es el turno de mi distrito. Aparece una cara en el cielo. Gracias a Dios, no es Haymitch. Es Gwendolyn, la otra chica. No muestro mucha pena, ya que apenas la conocía.
En total han muerto 23, por lo que quedamos 25. Intento dormir, aunque las caras que he visto en el firmamento se me aparecen para atormentarme.
*****
Me despierto al salir el sol. Bueno, no es el sol. Es sólo un producto digital creado por los del Capitolio. Pero, aun así, me reconforta sentir su calor artificial sobre mi piel. Ya hace tres días que estamos en la Arena. Y, si mis cálculos no fallan, quedamos 20 en pie.
Miro hacia abajo y, al ver que no hay moros en la costa, vuelvo al suelo. Me paro a observar una de esas flores venenosas. Son tan bonitas y parecen tan inofensivas… Aparto la mano a tiempo. Estaba a punto de tocarla. No sé si eso me habría supuesto algún daño, pero prefiero no comprobarlo.
Voy al riachuelo que encontré el primer día. Bebo hasta saciarme. No lleno el cuenco, porque no se puede tapar, así que se caería. Decido ir a cazar, ya que la ternera que había en la bolsa era muy poca y ya no me queda. Tras una media hora, encuentro algo parecido a una liebre, pero un pum hace que el animal salga despavorido. Quizás ese cañonazo iba por Haymitch…
¡Haymitch! Ayer iba a seguirlo y, al final, se me olvidó. Voy a buscarlo. Tras unas horas de un profundo silencio, sólo interrumpido por dos pum –con lo que ya quedamos 17-, encuentro a un tributo. No es Haymitch, así que intento pasar desapercibida y seguir buscándolo, pero no consigo mi objetivo.
Me ha visto. Y eso, supongo, quiere decir que me va a matar. A menos que yo lo mate antes. Saco la cerbatana y uno de los dardos untados con la sustancia pegajosa. Disparo, y el proyectil va a clavarse en su cuello rápidamente. Apenas le da tiempo de gritar, pues cae al suelo casi instantáneamente. Sí que es fuerte el veneno.
O está fingiendo. Me acerco cautelosamente, pero un pum suena, como para aclararme la situación. Suspiro aliviada y sigo andando, aunque más rápidamente, por si acaso.
Cuando por fin me alejo lo suficiente, caigo en la cuenta de la situación en la que me hallo. ¡He matado a una persona! Ya había supuesto que lo tendría que hacer tarde o temprano, pero, aun así… ¡Es que le he quitado la vida a un chico que posiblemente tuviera un año menos que yo!
-Asco de Juegos…
Me sorprendo al oírme hablar. No he escuchado hablar a nadie desde que entré a la Arena. Quizás no ha sido tanto tiempo, pero a mí me ha parecido una eternidad.
Consigo recomponerme y sigo caminando. Tras un rato, oigo un cañonazo. Y otro. Han sonado casi seguidos. Probablemente estuvieran juntos. Ahora quedamos… 14, creo.
Me parece oír un forcejeo. ¿Habrán sido unos tributos cercanos o mi imaginación? Me acerco cautelosa al ruido. Al parecer sí que ha sido real. Veo a dos chicos luchando. Y… ¡uno de ellos es Haymitch!
Me quedo quieta. ¿Qué debería hacer? Observo el escenario y veo dos cadáveres cerca. Esos son los responsables de los últimos cañonazos. Cuando vuelvo la vista hacia Haymitch, veo que el tributo está con un cuchillo en su garganta.
Reprimo un grito de terror y, rápidamente, agarro mi cerbatana y uno de los dardos envenenados. Se le clava en el brazo que sostiene el cuchillo, y éste cae al suelo, al dejar el brazo de ejercer fuerza.
A los pocos segundos, el chico está inerte en el suelo, y Haymitch, algo desorientado, buscando al culpable de su salvación. Salgo de los arbustos. Mi compañero de distrito se sorprende de verme, aunque su sorpresa dura poco.
-¿Has sido tú? –pregunta, señalando el cadáver que hay a sus pies- ¿Cómo?
Le enseño la cerbatana y los dardos.
-Están envenenados –explico.
Haymitch asiente. Supongo que no sabe qué decir. Lo miro y se me ocurre una idea.
-Haymitch –él me mira-, deberíamos aliarnos. Estar juntos para protegernos mutuamente.
-Pero, al fi…
-Viviremos más si nos unimos –le corto.
Se ha callado porque sabe que tengo razón. Ya le he salvado la vida una vez, así que no lo puede negar. Me mira y suspira. Parece que al fin ha aceptado la realidad.
-Está bien.
-¡Genial!
Entonces, mi tripa ruge, y mi mente recuerda que aún no he comido. Que, en principio, había salido a cazar.  Veo que Haymitch reprime una sonrisa y coge un trozo de carne. Me la da.
-Anda, toma. Aunque ya casi no me queda…
Me la termino velozmente. Está fría, pero no cruda, así que no me importa. Le doy las gracias y propongo que vayamos de caza. Él acepta y vemos una manada de unos mutos que parecen muy jugosos. Nos separamos y vamos a por uno cada uno.
Después de una hora, nos reunimos en el punto acordado. Yo he conseguido cazar un ejemplar bastante bueno. Él aparece con uno un poco más pequeño. Me burlo un poco antes de ponernos a hacer una hoguera para cocinar. Él no me hace caso; se limita a juntar leña y a encender la hoguera.
-Ahora que lo pienso, ¿no es un poco peligroso encender una hoguera en medio de la Arena? ¿Esto no alertaría al resto de tributos?
-Esta madera no emite mucho humo y yo no pienso dejar que arda tanto como para que se vea en la distancia. Lo suficiente.
Asiento. Supongo que él sabrá lo que se hace.
*****
Hace dos días que he formado esta alianza con Haymitch –en los cuales han muerto dos tributos, el otro chico de mi distrito y una del 11-. Y no hemos parado de andar. Estamos a punto de llegar al fin de la Arena; a lo que parece ser un acantilado intraspasable. No debe de quedar mucho ya para llegar.
Cuando llevamos media hora andando después de la comida, oigo un estrepitoso ruido. Viene del otro extremo de la Arena. Nos giramos, alarmados. Lo que antes era una majestuosa montaña, ahora es un mar de lava. El bosquecillo que había al pie de la misma ahora son sólo llamas.
Pum. Pum. Pum. Pum. Pum. Pum.
Seis cañonazos. Seis tributos muertos. Cinco supervivientes.
El final está cerca. Sé que Haymitch también lo sabe. Pero ninguno de los dos hablamos sobre ello. No quiero ni contemplar la posibilidad de que tengamos que matarnos el uno al otro.
Seguimos caminando en silencio. No intercambiamos ni una palabra hasta que llegamos al precipicio que marca el fin de la Arena, unas dos horas después. Al fin, rompo el silencio.
-¿Qué… Qué deberíamos hacer ahora?
-Propongo que nos quedemos aquí.
-¿No tendríamos que ir a…?
-Creo que no. Aquí estaremos mejor. Además, deberíamos ver cuán profundo es el abismo.
Me quedo mirándolo un rato. Consigo formular la frase que ninguno de los dos quiere oír.
-Estamos llegando al final de los Juegos. Si seguimos así, acabaremos teniendo que matarnos el uno al otro. Y yo no quiero que eso pase. Deberíamos separarnos ya.
Lo veo asentir débilmente. Parece que se debate entre lo que quiere hacer y lo que debe hacer. ¿Realmente quiere seguir conmigo?
Rápidamente aparto ese pensamiento de mi mente. Ahora no me sirve de nada tener ningún tipo de vínculo con él, ya que sólo puede quedar uno.
Me despido de él como puedo, con alguna lágrima surgiendo de mis ojos. Me doy la vuelta antes de que me vea llorar. Comienzo a andar y lo saludo con la mano. Probablemente no lo vuelva a ver. Eso espero.
Miro al suelo. Intento no mirar atrás, pero no lo puedo evitar. Haymitch está sosteniendo una piedra. La tira al precipicio. Vuelvo a llevar la vista adelante, pero algo atrae mi atención. Unos pájaros de un color rosa chillón y de picos largos vienen en bandada hacia mí.
Comienzo a andar más rápido. Me están alcanzando. Empiezo a correr. No me gusta en absoluto la pinta que tienen. Están bajando. Están llegando hasta mí.
Están encima de mí. Aparto a uno de un manotazo. Otro me da un picotazo en el brazo. Grito.
Uno viene directo hacia mí. Lo veo batir sus alas y buscarme con su cabeza. Se está acercando peligrosamente. Intento huir, pero ya es demasiado tarde. Su pico se adentra en mi garganta. Siento cómo me desgarra piel y músculo.
Me quedo sin respiración, pero veo alguien que viene. Es Haymitch. Viene corriendo y se arrodilla a mi lado. Me agarra la mano y me susurra palabras que no comprendo.

Lo último que veo es su rostro bañado en lágrimas. Sus labios murmurantes. Sus ojos doloridos. Lo último que veo es su dolor; es a él.

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Éste es el banner del concurso.  →

^3^
Espero que os haya gustado. ¡Comentad!

miércoles, 21 de agosto de 2013

Microrrelato: Zombies por mi casa (Pablo Calvo)

Hola, tinteros :)
Ahora mismo estoy en mi pueblo, sin conexión a Internet. Por tanto, deducís que esto es... ¡una entrada programada!
No sé por qué he hecho eso, pero bueno...
El caso es que hoy os traigo un microrrelato (unas 200 palabras) que he hecho para un sorteo. Y aprovecho y lo subo al blog ;)

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Me despierto en mitad de la noche. He oído algo. Presiono el interruptor, pero la luz no se enciende. Salgo al pasillo, pero aquí tampoco funcionan.
Bajo las escaleras, en busca del causante del ruido. Se vuelve a oír. Muy cerca. Avanzo hasta el salón y… ¿¡Qué es eso!? Algo que podría asemejarse a mi hermana avanza hacia mí. Anda despacio, pero no puedo huir de puro terror. Su pelo, alborotado, no alcanza a esconder los moratones ni el trozo de piel que ya no está en su mejilla.
Consigo salir de mi parálisis y retrocedo, alarmado. Debería avisar a mi madre. Y a mi hermano.  Quizás ya sea demasiado tarde. Subo estrepitosamente las escaleras y me asomo al cuarto contiguo al mío. No hay nadie.
Entonces, una mano en carne viva se posa sobre mi hombro. Grito y doy un salto hacia adelante, pero lo único que consigo es tropezar. Desde el suelo, miro hacia arriba.
La luz se enciende y unas carcajadas resuenan por la casa.
-¡Buajajaja! ¡Tendrías que haberte visto! ¡El mejor Halloween de mi vida!
Mis hermanos y mi madre están ahí, riendo mientras se desmaquillan.

-Hijos de… -empiezo, pero me pongo a reír también.

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Jejeje, ¿a que no os lo esperabais? Me ha salido así. Me ha sorprendido gratamente descubrir que soy capaz de escribir algo medianamente decente y con sentido a pesar del calor y la modorra.

¡Hasta la próxima!

lunes, 29 de abril de 2013

Microrrelato: Voluntad Involuntaria (Pablo Calvo)

Bueno, tinteros. No voy a decir que estaré más activo a partir de ahora, porque no sé si será verdad, así que me callo.

Hoy os traigo un microrrelato que hice para un concurso y que no ha recibido ni un solo voto. La verdad es que es demasiado serio, pero, qué se yo, al menos un voto T^T

Bueno, aquí está:

Yo, señor, no soy malo, pero intento vivir en una sociedad injusta, por lo que debo actuar injustamente para sobrevivir. Por ello le digo que mis actos no son más que reflejos de mi entorno y, a pesar de mis esfuerzos por actuar con bondad y de forma justa, el contexto en el que se halla mi vida me absorbe y me obliga sin darme cuenta a tener un carácter contrario a mis ideales, a mis principios.
Y también le digo, señor, que usted es víctima también de esta injusticia presente en el aire. Con estas palabras no quiero en absoluto insinuar que todas las personas, incluido usted, sean injustas o tengan malas intenciones. Simplemente, al llevar esa vida monótona que caracteriza a la mayoría de los seres humanos, aceptamos sumisos la realidad que nos ofrece la sociedad. Y, con ello, aceptamos involuntaria e inconscientemente una forma de vivir que acepta las injusticias como algo ordinario.
Por eso, señor, le indico que no soy malo. Sólo me dejo llevar por la sociedad y acepto, al igual que tantos miles de personas, la vida que me ha tocado sobrellevar.

Decidme por qué no lo votaríais xD

martes, 18 de diciembre de 2012

Relato: Un pequeño e insignificante milagro navideño (Pablo Calvo)

Bonjour!~
Mis más sinceras disculpas por la ausencia en el blog de los últimos días (y semanas u.u").
Hoy os traigo un relato navideño que hice para un concurso de un foro MOMENTO PUBLICIDAD , en el que, por cierto, me podéis votar http://foro-otaku.activoforo.com/t2918-votaciones-historias-navidenas FIN MOMENTO PUBLICIDAD

Aquí va:

Quedan apenas dos días para Navidad. Época de paz, de amor, de alegría… Permíteme que, simplemente, comente: ¡JA! Navidad es una época de consumismo, de consumismo y, ¿sabéis de qué más? Exacto. Consumismo.
No tengo nada en contra de la Navidad. Simplemente, soy realista. Yo no soy practicante; es más, ni siquiera soy creyente. Dudo mucho que haya una divinidad suprema vagando por el cielo o, si existe, que nos haga el más mínimo caso. Sin embargo, acepto la fecha como algo importante y me gustan los valores que debería transmitir. Debería…
El caso es que la Navidad, una fiesta para compartir, reír, cantar y acercarse a una chimenea con la familia a calentarse, ha perdido toda su razón de ser. Ahora es una fiesta en la que los niños ansían ver sus regalos, los adultos se quejan del pastón que se han gastado en contentar a sus hijos y los ancianos… Bueno, ellos sí que mantienen el significado de la Navidad, pero nosotros no nos paramos a verlo.
Entro en mi casa. Debería hacer algo, ¿no? Por volver a la razón original del día en cuestión, digo. Pero, ¿qué puedo hacer? Ya. Ya sé que podría darle dinero a los pobres y sonreírle al niño que se siente a mi lado en el autobús, pero no me refiero a eso. Me refiero a cambiarlo todo de verdad. Que todo el mundo lo haga.
Me tiro en mi cama. Cosas como esas sólo ocurren en las películas que emiten en estas fechas en todos los canales de televisión, ¿verdad? Al rato cierro los ojos.
☺☺☺☺☺
Me despierto. La víspera de Navidad. La idea de anoche me caló hondo. Realmente debería hacer algo a gran escala para parar esta oleada de antivalores. Salgo a la calle, decidido. Llamo a mis amigos, lo comento por Twitter y lo digo en el foro en el que participo. Hagamos un movimiento para regresar al amor y a la paz. 
Mis amigos dicen: “¡Qué buena idea!” o “Vaya chorrada.” En Twitter encuentro una buena acogida y en el foro sólo han respondido dos, pero han dicho que lo harán. En el día de hoy tenemos que hacer algo para que la gente a la que hemos ayudado ayude a otra y así sucesivamente. Hagamos como en
Cadena de favores.
Busco con la mirada posibles víctimas de mi espíritu navideño. Apenas hay tres personas en la calle, y ninguna parece necesitar algo que yo pueda ofrecerle. Sigo caminando, pero aún nada.
Esto es más difícil de lo que esperaba. Veo a un vagabundo mendigando en una esquina. Le doy los tres euros que llevo en ese momento en los bolsillos. No puedo hacer más por él. Mis padres no consentirían que entrara en la casa y no hay nada que pueda hacer por él fuera.
Después de horas infructuosas, me siento en un café. He encontrado otros dos euros en el bolsillo trasero, así que me pido un cortado. Me sirven unos minutos después. Mientras remuevo el contenido de la taza con la cucharilla, pienso en otras formas de transmitir algo de este sentimiento a los que me rodean. No es necesario que sea mucho: con que sonrían me conformo.
De repente, se me ocurre algo. No es muy espectacular, pero creo que la sonrisa sí que la conseguiré. Tomo un bolígrafo azul de uno de los bolsillos de mi chaqueta y, en una servilleta, anoto: «Gracias por todo. Sé que no me conoces y yo a ti tampoco, pero me has parecido una buena persona. ¡Ánimo con el trabajo! Feliz Navidad.
¡Ah! Si esto te hizo sonreír, por favor, haz algo similar para alegrar a alguien más por Navidad»
Dejo la servilleta bajo el dinero de la cuenta y me alejo, pero quedándome lo suficientemente cerca para ver la reacción de la camarera. ¡Ahí está! ¡Ha sonreído! Esto definitivamente te hace sentir mejor.
Vuelvo a mi casa, orgulloso por mi labor. No he hecho nada merecedor de salir en las noticias ni nada por el estilo. Simplemente, he alegrado la tarde a alguien.
☻☻☻☻☻
Hoy ha sido Navidad. Hemos comido toda la familia junta, nos hemos reído, hemos cantado villancicos… Por lo menos el día en cuestión sí que hay espíritu navideño. Ya se han ido todos, así que ayudo a mis padres a recoger la mesa y bajo la basura.
Cuando estoy al lado del contenedor, veo un cartel pegado al mismo. Pone:
«¡Hola, desconocido! Feliz Navidad. No te conozco lo más mínimo, pero sé que puedes dar felicidad a la gente de tu alrededor, porque tú eres especial. ¡Eres genial!
¡Ah! Si esto te hizo sonreír, por favor, haz algo parecido para alegrarle a alguien la Navidad.»
Sonrío. Parece que ha funcionado. La gente sonríe. Es un pequeño e insignificante milagro navideño.´

Ése es. Decidme vuestra opinión, kudasaaaaai~
Besos manchados de tinta :3

PD: CAMBIO DE DISEÑO DEL BLOOOOG. ¡¡YA LLEGÓ LA NAVIDAD!!

sábado, 20 de octubre de 2012

Relato: Marginado (Pablo Calvo)

Bueno, hoy os traigo un relato que he hecho para el concurso de Alas de Papel.
Dura creo que 300 palabras exactas y... bueno, leedlo a ver qué tal.
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Llega la hora del recreo. Hago un intento de acercarme a Juan, un chico sin muchos amigos, así que intento entablar amistar. Resultado: un despreciativo ¡No! por parte de la persona menos popular del instituto, sin contarme a mí, claro.
Me aparto a un rincón del patio. Ahí siempre suele haber unos gatos, los únicos amigos que tengo. Mientras acaricio a un gato famélico y le doy un poco de pan de mi bocadillo, una lágrima resbala por mi mejilla.
-No quiero ser el chico más popular del instituto. Sólo pido un amigo –miro al gato y añado- no animal.
Un esbozo de mueca de sonrisa asoma a mis labios, pero pronto desaparece.
Termina el recreo y vuelvo a clase. Me siento en mi pupitre, el que está apartado del resto. Los profesores no quieren darse cuenta, y eso me hace sentir peor.
Tras dos interminables horas de clase, vuelvo a casa. Vivo con mi madre; mi padre nos abandonó antes de yo naciera. Abro la puerta, pero no está.
«Habrá salido a comprar», pienso. Sin embargo, pasan dos, tres horas y no vuelve. Empiezo a preocuparme. «No, mamá. No me abandones tú también»
Media hora más tarde llaman al teléfono. Es el número de mi madre, pero no es ella quien habla.
-Buenas. ¿Eres el hijo de Maite López? –me pregunta una voz desconocido.
-Sí –respondo, con un hilo de voz.
-Tengo malas noticias. Tu madre ha sido atropellada.
Se me cae el auricular y empiezo a llorar desconsoladamente. Se me ocurre algo. No debería, pero no me queda otra opción, o yo no la veo. Me acerco al botiquín que hay en la cocina. Lo abro y saco todas las pastillas que hay y, sin pensarlo dos veces, me las meto en la boca.
Después, la nada.
 
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 He notado que soy un poco catastrofista... Casi siempre les pasa algo malo a mis personajes...
Pero bueno, ¿opiniones?

martes, 19 de junio de 2012

Relato: Soka y la niña ciervo (Lorenzo Asensio)

¡Hola tinteros!
Hoy os traigo un relato, pero esta vez no es mío. No, de Jorge tampoco. Es de Lorenzo, el administrador del blog Elefante Conspicuo.

Aquí lo tenéis. Se llama Soka y la niña ciervo. Lo he leído y me ha gustado mucho. Espero que a vosotros también:

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  Se iban de casa. A Soka le habían detectado una enfermedad respiratoria y seguir respirando el aire sucio de la ciudad no podía hacerle bien. Se mudaban a una pequeña casita en el campo. Los padres de Soka le habían hablado muy bien de ella, él no la había visto aún. Tenía muchas ganas, se metió en el coche de un salto y tras poco tiempo cayó rendido. 
  Despertó a mitad de camino, cuando los edificios habían dejado paso a la naturaleza y se asomó por la ventana. árboles y más arboles situdos estrategicamente de forma que formaban filas y allí, a lo lejos, una niña corriendo paralelo al coche. ¡¿Una niña?! Si era un niña pero... ¿cómo podía alcanzar esa velocidad? ¿y por qué tenía cuernos?
  -¡Mamá!¡ Hay una niña ciervo corriendo al lado del coche! -le dijo Soka a su madre mientras la zarandeaba por los hombros-
  -Claro, Soka -dijo sin prestar la menor atención a lo que el niño señalaba por la ventanilla- ¿Por qué no vuelves a dormir una rato? Aún queda un largo camino.
  -¡Pero mamá...!
  -No seas pesado, Soka.
  Soka se quedó mirando por la ventana. La niña parecía no cansarse. Corría y corría sin detenerse. Después de un rato comenzó a moverse en diagonal, hacia el coche. Soka se lo advirtió a sus padre pero siguieron sin hacerle caso. Cuando la pequeña se emparejó con el coche Soka pudo ver que llevaba una hoja en la mano. Sus cuernos eran pequeños como los de un ciervo joven pero Soka pudo ver que eran reales, ¡una niña con cuernos de ciervo!
  Bajó la ventanilla, no parecía peligrosa. La niña extendió la mano en la que portaba el papel y la introdujo dentro del automovil. Soka la cogió. En ese mismo instante la niña dio un salto y desapareció en el aire. El niño alucinaba.
  Desdobló el papel y leyó lo que decía: <<Bienvenido al bosque, Soka, esperamos que tu nueva casa sea de tu agrado>>
  -Hemos llegado, dijo su padre.

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Como he dicho antes, me ha gustado mucho. A Lorenzo le podría servir para empezar una novela fantástica. Bueno, espero que hayáis disfrutado el relato. Todos los "Es genial" y cosas por el estilo comentadlas aquí, que Lorenzo se pasará de vez en cuando. Arriba os he dejado su blog, donde hay más relatos. 

Ciao!

miércoles, 30 de mayo de 2012

Relato: Crónicas de la Luna Llena (Pablo Calvo)

Hola, tinteros ^^
Antes de que os salgan telarañas os regalo este relato. Lo envié a un concurso, pero no lo cogieron D:
La verdad es que me da igual, porque me ENCANTA el relato *-*

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 Primera Luna
Ése fue mi primer día en el pueblo. Terminamos la mudanza esa mañana, y por la tarde ya parecía que llevásemos toda nuestra vida ahí. Ya nos saludábamos entre nosotros y conocía a todos los de mi edad.
Cuando cayó la noche, salí de casa para ir a dar un paseo por la playa. La luna se reflejaba en la mar calmada, y yo me senté en la arena, mirando hacia el horizonte.
Fue entonces, mientras miraba a lo que parecía una de las vistas más bellas que podría haber en el mundo, cuando apareció ella.
Tenía el pelo negro y largo, ondulado. Desde mi situación, se veía una cara hermosa. Llevaba un vestido del color del ébano, que ondeaba por el viento. Y me miraba.
Cuando advertí ese detalle volví la vista al mar como quien no quiere la cosa, pero sabía que me había visto, y yo a ella.
Al cabo de lo que debieron ser uno o dos minutos, volví a mirar. Ya no estaba.
Esa noche soñé con la chica de negro.

Segunda Luna
Era septiembre, hacía casi un mes que había llegado al pueblo y ya sentía que había crecido allí. Salí del instituto y cogí la bicicleta, aparcada al lado de la puerta. Estaba enganchada en una farola gracias a un candado.
Ya casi ni me acordaba de la chica de negro, aunque de vez en cuando me sorprendía pensando en ella. No me la había cruzado nunca más, y eso es prácticamente imposible en este pueblo.
Sin embargo, al atardecer volví a la playa. Cuando anocheció y la luna llena se izó con todo su esplendor, la volví a ver.
Esta vez, tras seis minutos de intensas miradas, me atreví a acercarme lentamente, como si ella fuera un pájaro listo para alzar el vuelo ante cualquier asomo de peligro.
La chica me miró fijamente, dudando qué hacer en ese momento. Al ver su vacilación, me paré. Al cabo de un rato, cuando ya daba por imposible acercarme más, dejó atrás su duda y se acercó ella, aunque solo un poco.
Al final, y la verdad es que sigo sin comprender cómo, conseguí articular:
-Hola, soy Christopher, Chris para los amigos.
Me sorprendió oír mi voz, pero ella me dijo:
-¿Me puedo considerar amiga? –sonrió- Yo me llamo Jeniffer, también para los amigos.
Jeniffer. Ese nombre se me grabaría a fuego en la memoria. Creo que si algún día tengo alzhéimer, recordaré su nombre.
-¿Qué… Qué tal? –le pregunté, todavía no muy convencido.
-Bien, respirando tranquilidad tras una agotadora semana –tras unos instantes, añadió-. ¿Y tú?
-Maravillosamente bien.
Esas palabras me salieron sin pensar, y pronto me arrepentí de haberlas pronunciado; porque podían interpretarse malamente. Sin embargo, eso no fue lo que pasó, así que me relajé.
No volvimos a pronunciar palabra durante unos diez minutos, mirando al mar, con la guardiana de la noche de testigo. Cuando al fin volvimos a hablar fue para despedirnos: se había hecho tarde y me esperaban mis padres para cenar.

Tercera Luna
Ya era octubre y ese día había luna llena. Supuse que, al igual que las otras dos veces, esa noche me encontraría con Jeniffer en la playa, y supuse bien.
Cuando estaba anocheciendo la vi llegar, siempre vestida de negro, con su caminar pausado pero encantador.
-Bonjour, Jeniffer –le dije, haciendo gala de mi mejor acento francés.
Técnicamente solo habíamos hablado una vez, pero yo la trataba como si fuéramos amigos íntimos.
-Salut, Chris –me contestó. Ella tenía mejor acento que yo.
Nos sentamos a observar cómo la luna presidía el cada vez más oscuro horizonte. Esta vez sí que hablamos, de nosotros y de cosas más banales.
Me contó que era francesa de nacimiento –de ahí el acento-, que su cumpleaños era el 8 de Noviembre y que no le gustaban las zanahorias. Yo le conté que había nacido aquí, en Inglaterra, aunque me había mudado al pueblo el día en que nos vimos por primera vez.
Tras otro rato hablando de cosas banales, surgió el tema:
-¿Y dónde vives? Conozco el pueblo de arriba a abajo y no te he visto nunca.
Jennifer se calló. Lo pensó detenidamente, pero al final explicó, simplemente, que no podía decirlo.
Claro, llegados a este punto me extrañé. ¿No puede decirlo?
-Al menos una aproximación.
-No, no puedo decir nada.
-Solo…
-¡Que no!
Se levantó, enfadada. Me pareció ver que el mar se embravecía, aunque probablemente eso no fuera más que un producto de mi imaginación.
La vi marcharse, con rumbo desconocido para mí. Como parecía que ya iba siendo costumbre, soñé con Jennifer.

Cuarta Luna
Noviembre había llegado, y con él las primeras nieves; pero eso no impidió mi visita mensual a la playa, bajo la luna llena.
La playa estaba cubierta de un manto blanco y espeso al que llaman nieve, y me senté sobre él.
Al rato la vi, vestía el mismo vestido negro de todos los días.
-Hola, Jennifer –la saludé.
-Hola.
-Perdón por lo del otro día.
-No pasa nada.
-Por cierto, feliz cumpleaños.
-¡Gracias!
Como la última vez, las horas pasaron como si no quisieran pasar.
Miré mi reloj de muñeca, la una de la madrugada. ¿Cómo habíamos llegado hasta esa hora?
-Jennifer, me tengo que ir. Mi familia estará preocupada.
-Es verdad, ya es muy tarde.
-¿A ti no te esperan en tu casa?
-No…
Noté en ella un sentimiento a medio camino entre la melancolía y la angustia. Decidí no meter el dedo en la llaga.
Fue ella la que, tras un largo silencio, dijo:
-No tengo familia. Soy huérfana e hija única.
-Lo siento… -susurré.
-No es culpa tuya.
La miré a los ojos y, pese a que era noche cerrada y una espesa niebla empezaba a cubrir la playa, vi cómo se le humedecían.
En ese momento, en esa milésima de segundo, mi corazón se enterneció, y sentí un calor especial.
No lo dudé.
Me lancé sobre ella y la besé.
Y ella me besó.

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Tiene mil palabras justas. No podía hacer más, así que me ajusté al límite ;)

Espero que os guste. Quiero recibir vuestras opiniones :D
Nos vemos